Joder, joder, joder. No me da tiempo. No paran de enviarme informes, todo tiene que estar para ayer, y encima esto. Vaya mierda de día. Si no hubiera llegado tarde… Pero claro, para un día que me levanto pronto, que pillo el autobús bien, que el tren no se para veinte minutos entre estaciones… me tengo que encontrar a una muchacha llorosa en la estación. Y todo el mundo pasando de largo, que faltaba que la pasaran por encima, a la pobre. Vale, igual no me tenía que haber parado, ¿pero qué iba a hacer? ¿Dejarla allí sola? Si ni siquiera sabía cómo había llegado hasta aquí; seguro que se quedó dormida en el tren cuando volvía de fiesta o algo. Espero que haya llegado a casa bien… Venga, anda, céntrate, que a ver si esta muchacha va a ver algo raro en ti, y ya lo que faltaba era que te quitara una hora en vez de cinco minutos… Agg, y encima este puto dolor de cabeza. En serio, vaya día.
- Hmm… Recuerdo tu expediente. Has estado trabajando como becario un año, y luego te contrataron, hace tres meses.
- Sí.
- Te instalaron el dispositivo básico, ¿no? ¿Puedes enseñármelo?
- Aquí lo tienes. No sé si será el básico… – ¿a mí qué me cuentas? Me pusieron un lector de tarjetas en el puto brazo, ¿crees que les pregunté qué tipo de dispositivo era? Bastante ocupado estaba con mirar a otro lado para no caerme redondo al suelo. Eso sí, doler, no me dolió tanto como parecía en un principio.
- Bien, veamos… un DX-R4. La tarjeta se inserta bien… el dispositivo parece en funcionamiento… ¿Has tenido calambres u otras molestias desde que lo tienes?
- Pues no, la verdad es que todo parece haber ido bien. Un par de dolores de cabeza, pero creo que es más por la carga de trabajo que otra cosa. – risita ligera, comentario dejado caer. A ver si esto lo ve Ignatius y me quita algo de trabajo… Ella, ni me mira. Ha cogido la tarjeta que estaba insertada en mi brazo (un lector en el brazo, qué fuerte) y está mirando los datos que contiene.
- No te esfuerces. Aquí no hay vigilancia.
¿¿Qué??
- Pero…
- Hay vigilancia en todo el edificio, pero en esta sala la he anulado. Esta sesión es entre tú y yo, y no tiene por qué enterarse nadie más. Tampoco tengo por costumbre compartir con los jefes de mis pacientes datos de las sesiones. Ni les interesa; yo vengo a encargarme de lo que ellos no entienden.
Vale, ahora sí que me da miedo. Pero no lo voy a demostrar, faltaría más.
- En cualquier caso, no hablaré mal de mi jefe, por lo que pueda pasar. – risita ligera de nuevo. Mierda, esta vez me ha salido más nerviosa que antes. Ella sonríe un poco, y al fin me mira.
- Estaba intentando relajarte. La conversación la grabo solamente yo, para estudiar luego tu caso en más profundidad. ¿Te parece bien, o prefieres que no lo haga?
Seguro que sabe kung fu o ninjitsu, o el arte marcial ése de Bruce Lee, que lo practicaban mujeres al principio. Seguro.
- Sí, sí, me parece perfecto.
- Bien. Bueno, recordarás todos los tests que te hicimos antes de instalarte el lector, para determinar qué tarjeta sería la mejor dadas tus cualidades…
Mieeerda, ¿a que los tengo que repetir?. Seguro. Una puta hora haciendo tests. Lo sabía, es que lo sabía.
- … bueno, pues eso dio unos resultados bastante interesantes. Y los datos recogidos por la tarjeta confirman algunas cosas, pero antes me gustaría hacerte una pequeña revisión escrita. Si no puedes contestar, no lo hagas, pero es importante que seas lo más sincero posible.
¿Eh? ¿Nada de tests? ¿Resultados interesantes? ¿Ese cacharro recoge datos? Pensaba que sólo emitía… yo qué sé, ganas de trabajar o algo.
- Ehm… sí, claro.
Bueno, pues aquí estoy, solo en el despacho de la loca ésta, rellenando las preguntas más raras que me han hecho en un trabajo en mi vida. Música, cine, danza, teatro, literatura, cómics… Todas sobre mi opinión personal en cada campo y, a ser posible, razonada. Como si importara algo de esto en un puesto administrativo, que son todos ovejas. Bueno, al menos esta mujer no me está haciendo la entrevista de trabajo. Espero que mis jefes no se enteren de que me despisto con tantos “elementos superfluos”…
Ella vuelve, se lo entrego, y lo lee despacio. Pregunta algunas cosas (”¿Cómo conociste a Fred Brown?” “¿Has ido a algún concierto de Muse? ¿Te gustó?”), y yo contesto como puedo (”Un amigo me lo recomendó.” “Fui a uno, y fue brutal.”). Yo no le veo sentido, pero parece que ella sí. Quiero decir, es la primera persona del trabajo que me pregunta si sé lo que es el Festival de Sitges. A nadie más parece importarle eso. De hecho, la frase correcta sería que nadie más parece ver que eso es importante. Al fin, acaba de leer.
- Bueno, Alfonso, en vista de que esto confirma mi teoría, tengo algo que decirte. Esta tarjeta, la DX-R4, es una tarjeta full duplex. A la vez que transmite órdenes a bajo nivel a tu cerebro, recibe las respuestas y las mapea en un fichero. ¿Me sigues?
No.
- Sí.
- En tu caso, las medidas previas dieron unas condiciones que merecían un estudio posterior para analizar qué tarjeta te vendría bien exactamente, ya que era muy probable que necesitaras una programada a medida.
Cielos, qué especial me siento, me van a manipular personalizadamente.
- Ahá.
- Para ir pavimentando un poco el camino de la nueva tarjeta, y adaptando tu cuerpo a la segregación de compuestos químicos sin una entrada real y física fuera, en su día programamos la tarjeta que se te iba a insertar para conseguir un nivel de relajación y sangre fría digno de un ninja.
Puesss… igual pusiste un uno en vez de un cero, porque yo sigo igual de histérico que en la beca.
- Señorita… – Úrsula Ravenwood, vaya nombrecito que tiene la mujer. Tres a uno a que no es de verdad.
- Úrsula.
- Úrsula, yo no me he notado mucho más tranquilo este tiempo… Hombre, puede ser porque he estado haciendo más trabajo del saludablemente recomendable, pero…
- Esta tarjeta mantiene calmados a soldados que desactivan bombas. Además, hemos probado esta programación con otras personas que también entraron hace tres meses, y ellos nunca llegan tarde, siempre duermen bien, dejaron de ir al cine y sólo hablan de trabajo, tanto en sus horas de trabajo como en su tiempo libre. No podemos hacer que tengan ganas de trabajar, pero normalmente eso es el siguiente paso lógico.
- Eso es horrible… – ¡¡qué fuerte!! ¡Es ella! ¡La creadora de los zombis de la empresa es ella!
- Sí, lo es. Por eso hago una revisión pronto, y reprogramo las tarjetas para que vuelvan a tener una vida social normal. Las adapto un poco a cada persona, realmente. No debería hacerlo, porque tengo órdenes estrictas de dejar los niveles… Bueno, pero ése no es el caso. El caso es que contigo no funciona.
A tomar por culo.
- ¿Cómo que no funciona?
- Tu cerebro no ha cambiado. No ha cedido a las presiones de las ondas de la tarjeta y, de hecho, ha intentado adaptarlas. Esto ha provocado los dolores de cabeza que has tenido estos días.
- Ehm… creo que no te sigo.
- Eres fuerte. Tus aficiones son actividades creativas, y eso fortifica el cerebro ante cambios externos. Puedes moldearte, pero para eso tienes que querer hacerlo. Y la tarjeta funciona sin pedirte permiso, por lo que el cerebro se niega a recibir esas órdenes.
- Entonces, si la tarjeta no funciona, ¿me quedo sin trabajo? – vaya, se ríe ante la ocurrencia. Buena señal.
- En absoluto. Pero ahora tienes que tomar una decisión. Puedes quedarte con la tarjeta que tienes ahora, ir a terapia para que tu cerebro sea más receptivo a sus señales, y conseguir que tu trabajo sea mucho más fácil. O puedo ponerte una de prueba, que centre toda la energía en una sola cosa, como que tu estado natural sea más relajado de lo que es ahora. Esto hará tu jornada laboral más cuesta arriba, ya que tus compañeros tienen estado de ánimo y predisposición ya establecidos. ¿Qué eliges?
Salgo un poco mareado. He firmado una cláusula de privacidad, para no reproducir nada de lo que se ha dicho en el despacho. Me ha dicho que podía pensármelo unos días si quería, pero no me ha hecho falta. Aún así, me ha dado una tarjeta de visita. No pone su nombre, sólo una palabra en medio, blanco sobre negro: D4rk0Studio. Por detrás tiene un número de teléfono. Llego a mi puesto, y pienso en meterla en el cajón con el resto de tonterías que no sé dónde poner. Mejor no; la meto en la cartera. Por si acaso.
- Hey man, ¿qué tal ha ido?
Diviso a Dani entre las pilas de cajas con expedientes.
- Nada, bien. Había un problema con mi tarjeta, por eso tenía los dolores de cabeza. Me la han cambiado.
- ¿Y qué tal ahora?
- Ya me siento mejor. – Mucho mejor.