“Como las luces de una ciudad que se aleja…”
Neuromante, de William Gibson
Hay una guerra. La gente muere a miles; sólo una desesperación límite les empuja a seguir luchando. ¿El enemigo? Eso es lo peor. El enemigo es su propia creación. Las máquinas, comandadas por una inteligencia artificial casi todopoderosa, se han levantado en armas contra los humanos. Es lo que merecen.
¿Qué pasaría? ¿Y si existiera un robot tan avanzado como para encontrar un antídoto para la leucemia en un par de días? ¿Y si, con tantos conocimientos, demanda respuestas a preguntas incómodas, que hasta ahora sólo habían sido humanas?
Pero una máquina no se equivoca, y puede ser muy útil. Sin emociones, sin presión. Perfecta para encargarse de la parte más delicada de una famosa misión espacial. El tripulante electrónico almacena y maneja información imprescindible, y está programado para tomar la mejor decisión en cada momento. ¿Cuál sería esa decisión, si descubre que los astronautas humanos están pensando desconectarlo?
Para crear algo hay que imaginarlo primero. Y la imaginación es un “ente colmena”: las ideas surgen, también, a partir de las ideas de otros, asimilándolas y procesándolas con todos los datos disponibles. Conceptos inconexos se unen para formar pensamientos imposibles. El verdadero avance empieza cuando esos pensamientos, en lugar de desdibujarse, permanecen escondidos hasta que llega su momento. Hasta que surge la pregunta clave: ¿Por qué no?
Mi cometido, estimado visitante, es mostrarte los mundos posibles de otros. Pueden no ser reales (puede que nunca lo sean), pero no por un detalle tan nimio pierden su grandeza.
¿Estás listo?
