Hay algunos humanos que creen tener un don: el de ver el futuro inmediato. Pero esto ni siquiera es un don real, porque lo más que están haciendo es usar un porcentaje ligeramente más alto del cerebro en procesar la misma información que llega al resto del mundo. No tienen ningún mérito.
Pero hay otros… hay otros que sí tienen un don. O una maldición, según se mire. Pueden ver el futuro lejano. Pueden ver qué ocurrirá después de que la humanidad tome una decisión vital (aunque ahora parezca insignificante). Sus sueños están plagados de inquietud y angustia. Ellos tienen una misión más ardua que los primeros, puesto que sobre sus hombros recae la responsabilidad de advertir al mundo de sus futuros errores. Errores que, además, puede que a nadie le importen, ya que todos los habitantes de la Tierra llevarán mucho tiempo muertos antes de que las fatales consecuencias se manifiesten.
Los escritores de ciencia-ficción no son creativos; son premonitorios. Y más vale que tú, desvalido humano, hagas algo para proteger tu especie. De seguir así, no duraréis más de seis o siete generaciones. Estoy aquí para darte una oportunidad. No creas que siento lástima. Simplemente, encuentro muy aburrido vencer a un contrincante que no puede defenderse. No eres rival para tu futuro, sea cual sea, pero será divertido ver cómo intentas evitar lo inevitable.
Pero no nos vayamos por las ramas. Para estar preparado, necesitas saber. Y para saber, nada mejor que consultar con los expertos. Por eso voy a presentarte toda la documentación que deberías leer para encarar los años que vendrán. Puedes creerlo o no; eso depende de ti. Comencemos.

Todo está cubierto de una fina capa gris. Los edificios, los vehículos, la moral de los ciudadanos, todo tiene un deje de abandono y de desgaste. Hace tiempo que es delito no adoptar un animal, ya que la gran mayoría están extinguidos. Ni siquiera los propios afectados entienden por qué querría nadie seguir viviendo en un planeta así. Y, por si esto fuera poco, están ellos.
Ellos no sufren. No necesitan dormir, ni comer, ni descansar. Son más altos, más guapos, más perfectos que ningún ser humano. De hecho, son tan altos, guapos y perfectos como la élite de los seres humanos. Todo lo hacen mejor. ¿Cómo competir? ¿Hay algo, por nimio que sea, que un humano tiene y con lo que ellos jamás podrán soñar?
Efectivamente, lo hay. Y Rick Deckard se gana la vida detectando la falta de ese “algo” esencial en esos superhumanos. Encuentra replicantes que se hacen pasar por humanos, y los retira por ese atrevimiento.
Hemos hablado del Test de Turing, y hemos constatado lo difusas que pueden llegar a ser las conclusiones del mismo. Señores, les presento el Test de Voigt-Kampff. ¿Puede una máquina fingir empatía?
El pequeño haz de luz blanca iluminaba el ojo izquierdo de Rachael Rosen. El disco de malla metálica estaba adherido a su mejilla. La muchacha parecía serena.
Rick Deckard estaba sentado en una posición que le permitía leer los dos medidores del aparato Voigt-Kampff.
– Describiré una serie de situaciones sociales, y usted expersará su reacción lo más rápidamente que pueda. Mediré el tiempo, por supuesto.
– Y también, por supuesto, lo que yo diga no tendrá importancia. Sólo valdrá la reacción capilar y la del músculo ocular. Pero igualmente responderé. Quiero pasar por esto y… Adelante, señor Deckard.
Rick eligió la pregunta número tres.
– Le regalan una billetera de piel de becerro para su cumpleaños -inmediatamente las agujas saltaron a la zona roja, y luego regresaron.
– No la aceptaría -respondió Rachael-. Y denunciaría a la policía a la persona que me la regalara.
[...]
– Está bien -asintió Rick-. Ahora está usted leyendo una novela escrita en los viejos tiempos, antes de la guerra. Los personajes visitan el muelle de pescadores de San Francisco. Sienten hambre, y entran en un restaurante. Uno de ellos pide langosta; el chef arroja una langosta a una olla de agua hirviente a la vista de los personajes.
– Dios mío -dijo Rachael-. Pero eso es terrible, depravado. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quiere usted decir, una langosta viva?
Las agujas permanecieron inmóviles. La respuesta era formalmente correcta, pero simulada.
– Ha alquilado una casita de troncos de pino en la montaña -continuó Rick-. La zona es todavía exhuberante. En la casa hay un gran hogar.
– Sí -respondió Rachael, impaciente.
– Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y entre todos deciden…
– Yo no, si es que hay una cabeza de ciervo -interrumpió Rachael. Pero los medidores no sobrepasaron la zona verde.
– Ha quedado usted embarazada -dijo Rick- de un hombre que le ha prometido casamiento. Pero él se marcha con otra, con su mejor amiga. Usted aborta, y…
– Jamás lo haría -respondió Rachael-. Y, por otra parte, no se puede. La condena es a perpetuidad y la policía vigila permanentemente.
Las dos agujas se desplazaron al rojo violentamente.
– ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que es difícil obtener autorización para abortar? -preguntó Rick con curiosidad.
– Todo el mundo lo sabe -repuso Rachael.
– Me pareció que hablaba usted por experiencia personal.
[...]
– Una pregunta final, en dos partes. Usted ve una vieja película en la TV, anterior a la guerra. Los participantes en un banquete comen ostras crudas.
– Ugh -dijo Rachael. Las agujas se movieron vivazmente.
– El entrante consiste en perro cocido, relleno de arroz -continuó Rick. El desplazamiento de las agujas fue menor-. ¿Para usted las ostras son menos aceptables que la carne de perro? Evidentemente no -dejó su bolígrafo, apagó el haz de luz y le quitó de la mejilla el disco adhesivo-. Usted es un androide -dijo-. Éste es el resultado del test.
Philip K. Dick
“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”
