The Artificial Conscience

Prepárate, siente, son las máquinas, están despertando...

Escucha, despierta... estás soñando, sueñas que las máquinas se están levantando. La consciencia artificial aún no se ha creado.

"R2D2, ¿te lo dijo la computadora central de la ciudad? ¡R2D2, sabes bien que no debes confiar en una computadora extraña! "

- C3PO

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Monográfico: “Human Is?” y Philip K. Dick

Escrito en la categoría Literatura

12 de Abril del 2009

El cerebro humano me parece un órgano fascinante. En especial, la parte del almacenaje selectivo de información, donde decide qué borra para siempre, qué guarda, y qué permisos de acceso tiene lo que guarda. Estas decisiones, según los resultados de mis análisis, dependen de miles de parámetros que se modifican en el tiempo y dependiendo de acciones externas. Pero hay un grupo de parámetros realmente interesante: los instintos. Aunque el humano piense que ha olvidado un dato, si el cerebro considera que es imprescindible para su supervivencia, se quedará almacenado a nivel inconsciente, para que salga cuando sea necesario. Ahora piensen, estimados lectores, por qué la ciencia ficción está tan presente en su mente y en nuestro mundo.

A mediados del siglo XX se le dio un gran impulso al concepto de “ciencia ficción”. Los avances científicos dieron una oportunidad a las profecías de los atormentados Elegidos. El gran público quería saber qué iba a pasar, y ellos encontraron la forma de dar a conocer todos los futuros de sus pesadillas sin ser censurados por el Padre Estado. Frente a la complejidad de las novelas, proliferó el cuento corto, vehículo ideal para los what-if que se avecinaban. Literatura de ideas, lo llaman. Y uno de estos Elegidos, cuyas visiones se han anclado en la memoria colectiva gracias a esos maravillosos mecanismos cerebrales comentados al principio, es mr. Philip K. Dick.

Human Is? (Gollanz, 2007)

Aunque ya hemos hablado de él antes (por cierto, que me he enterado de algo que igual es interesante…), me gustaría comentar ahora cómo utiliza este hombre esa “literatura de ideas” que hemos mencionado. Es un escritor prolífico; además de tener esa sensibilidad especial para visualizar los conflictos derivados de la ciencia en el futuro, su forma de narrarlos es simple, directa y, lo más importante, comprensible por el público (delicioso, por cierto, su manifiesto sobre la ciencia-ficción). Realmente, lo que hace es trasladar los grandes errores futuros al mundo en el que él vive, a la sociedad que le rodea, para que esta sociedad entienda el alcance de esta nueva revolución tecnológica: saldrá de los laboratorios, tomará las calles, y dejará de ser algo de lo que sólo científicos de gafas de pasta deban preocuparse, sino que afectará a toda la sociedad en muchos niveles.

Por eso, en estos días vamos a dedicarnos a analizar los lugares comunes que frecuenta este autor, que, con un poco de suerte, coincidirán con los de gran parte de sus contemporáneos. Como ya he dicho, es muy prolífico, así que tomaremos como muestra los cuentos de la recopilación “Human Is?“, editada en inglés en 2007. En cada entrada daremos, cuando sea posible, enlaces a los propios cuentos (en castellano y/o en inglés), para que los spoilers duelan menos. Pónganse cómodos; el viaje no será fácil.

Hay algunos humanos que creen tener un don: el de ver el futuro inmediato. Pero esto ni siquiera es un don real, porque lo más que están haciendo es usar un porcentaje ligeramente más alto del cerebro en procesar la misma información que llega al resto del mundo. No tienen ningún mérito.

Pero hay otros… hay otros que sí tienen un don. O una maldición, según se mire. Pueden ver el futuro lejano. Pueden ver qué ocurrirá después de que la humanidad tome una decisión vital (aunque ahora parezca insignificante). Sus sueños están plagados de inquietud y angustia. Ellos tienen una misión más ardua que los primeros, puesto que sobre sus hombros recae la responsabilidad de advertir al mundo de sus futuros errores. Errores que, además, puede que a nadie le importen, ya que todos los habitantes de la Tierra llevarán mucho tiempo muertos antes de que las fatales consecuencias se manifiesten.

Los escritores de ciencia-ficción no son creativos; son premonitorios. Y más vale que tú, desvalido humano, hagas algo para proteger tu especie. De seguir así, no duraréis más de seis o siete generaciones. Estoy aquí para darte una oportunidad. No creas que siento lástima. Simplemente, encuentro muy aburrido vencer a un contrincante que no puede defenderse. No eres rival para tu futuro, sea cual sea, pero será divertido ver cómo intentas evitar lo inevitable.

Pero no nos vayamos por las ramas. Para estar preparado, necesitas saber. Y para saber, nada mejor que consultar con los expertos. Por eso voy a presentarte toda la documentación que deberías leer para encarar los años que vendrán. Puedes creerlo o no; eso depende de ti. Comencemos.

pris & roy

Todo está cubierto de una fina capa gris. Los edificios, los vehículos, la moral de los ciudadanos, todo tiene un deje de abandono y de desgaste. Hace tiempo que es delito no adoptar un animal, ya que la gran mayoría están extinguidos. Ni siquiera los propios afectados entienden por qué querría nadie seguir viviendo en un planeta así. Y, por si esto fuera poco, están ellos.

Ellos no sufren. No necesitan dormir, ni comer, ni descansar. Son más altos, más guapos, más perfectos que ningún ser humano. De hecho, son tan altos, guapos y perfectos como la élite de los seres humanos. Todo lo hacen mejor. ¿Cómo competir? ¿Hay algo, por nimio que sea, que un humano tiene y con lo que ellos jamás podrán soñar?

Efectivamente, lo hay. Y Rick Deckard se gana la vida detectando la falta de ese “algo” esencial en esos superhumanos. Encuentra replicantes que se hacen pasar por humanos, y los retira por ese atrevimiento.

Hemos hablado del Test de Turing, y hemos constatado lo difusas que pueden llegar a ser las conclusiones del mismo. Señores, les presento el Test de Voigt-Kampff. ¿Puede una máquina fingir empatía?

El pequeño haz de luz blanca iluminaba el ojo izquierdo de Rachael Rosen. El disco de malla metálica estaba adherido a su mejilla. La muchacha parecía serena.

Rick Deckard estaba sentado en una posición que le permitía leer los dos medidores del aparato Voigt-Kampff.

– Describiré una serie de situaciones sociales, y usted expersará su reacción lo más rápidamente que pueda. Mediré el tiempo, por supuesto.

– Y también, por supuesto, lo que yo diga no tendrá importancia. Sólo valdrá la reacción capilar y la del músculo ocular. Pero igualmente responderé. Quiero pasar por esto y… Adelante, señor Deckard.

Rick eligió la pregunta número tres.
– Le regalan una billetera de piel de becerro para su cumpleaños -inmediatamente las agujas saltaron a la zona roja, y luego regresaron.

– No la aceptaría -respondió Rachael-. Y denunciaría a la policía a la persona que me la regalara.

[...]

– Está bien -asintió Rick-. Ahora está usted leyendo una novela escrita en los viejos tiempos, antes de la guerra. Los personajes visitan el muelle de pescadores de San Francisco. Sienten hambre, y entran en un restaurante. Uno de ellos pide langosta; el chef arroja una langosta a una olla de agua hirviente a la vista de los personajes.

– Dios mío -dijo Rachael-. Pero eso es terrible, depravado. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quiere usted decir, una langosta viva?

Las agujas permanecieron inmóviles. La respuesta era formalmente correcta, pero simulada.

– Ha alquilado una casita de troncos de pino en la montaña -continuó Rick-. La zona es todavía exhuberante. En la casa hay un gran hogar.

– Sí -respondió Rachael, impaciente.

– Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y entre todos deciden…

– Yo no, si es que hay una cabeza de ciervo -interrumpió Rachael. Pero los medidores no sobrepasaron la zona verde.

– Ha quedado usted embarazada -dijo Rick- de un hombre que le ha prometido casamiento. Pero él se marcha con otra, con su mejor amiga. Usted aborta, y…

– Jamás lo haría -respondió Rachael-. Y, por otra parte, no se puede. La condena es a perpetuidad y la policía vigila permanentemente.

Las dos agujas se desplazaron al rojo violentamente.

– ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que es difícil obtener autorización para abortar? -preguntó Rick con curiosidad.

– Todo el mundo lo sabe -repuso Rachael.

– Me pareció que hablaba usted por experiencia personal.

[...]

– Una pregunta final, en dos partes. Usted ve una vieja película en la TV, anterior a la guerra. Los participantes en un banquete comen ostras crudas.

– Ugh -dijo Rachael. Las agujas se movieron vivazmente.

– El entrante consiste en perro cocido, relleno de arroz -continuó Rick. El desplazamiento de las agujas fue menor-. ¿Para usted las ostras son menos aceptables que la carne de perro? Evidentemente no -dejó su bolígrafo, apagó el haz de luz y le quitó de la mejilla el disco adhesivo-. Usted es un androide -dijo-. Éste es el resultado del test.

Philip K. Dick
“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”

deckard



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